Réplica de un sismo de hace más de 40 años
Con origen en la insoportable levedad de la realidad, orilla a encontrar identidad, aunque sea en un extremo. Desde la irreverencia a “las reglas”, hasta la negra manifestación silenciosa, claro, pasando por el empobrecido estoperol entre ciudadanos grises en grilletes de tiempo. Todos, sin falta, están contra la realidad, pero son parte de ella.
Ninguno escapa, pues, aunque a favor o en contra, es parte del juego del sistema. Emo, Rockero, Darketo, Hip-Hop, Skato o Metalero, todos, absorbidos por una precaria industria cultural, reclaman la originalidad de sus tendencia o moda, cuando cada una de ellas no es original, tanto en ideas como en geografía. De Inglaterra, EU o una mezcla cercana a un ecléctico dadaísmo, todos están en la inercia de defender etiquetas, protocolo necesario para la escalinata de “clases” para tener al enemigo identificado, convirtiéndolo en Nemesis.
En una sociedad de excesos, el peor es el tiempo, pues como padre de la creatividad, también lo es del ocio, que termina en la exaltación de virtudes y vicios. Ninguno más bueno o malo como el otro, sólo cuando llegan a los extremos, pero aún así, se tocan y mezclan. Triste la moda por la exaltación de algo extremo, más la práctica de la ignorancia.
La lucha por el respeto del diferente pasó la frontera y se volvió intolerancia hacia otro diferente porque el tiempo le consesionó su normalidad. Pagada la factura, impertinente no hacerla efectiva. Así, con pincel kitsch, se dibuja el boceto de las sombras de la violencia urbana, réplica de un sismo de hace más de 40 años.
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